Mi pánico fue instantáneo.
Pasmada, me quedé mirando a la persona que salió del salón. Aunque no era Mateo.
Al instante, sentí una mezcla de decepción y de alivio que no podía explicar.
Todavía quería asomarme por la rendija de la puerta para ver adentro, pero cerraron rápido.
La persona me miró raro y se fue a un lado a contestar el teléfono.
Bajé la mirada y suspiré.
¿Qué más quería yo?
Así estaba bien, ¿no?
¿Por qué insistía en verlo, si verlo no iba a cambiar nada?
Y si él me veía y se volvían a abrir las heridas, ¿qué iba a hacer entonces?
Fui yo la que le dijo esas palabras que lo lastimaron.
Mateo ya hizo lo que tenía que hacer; ¿por qué sigo dándole vueltas al asunto?
Tal como dijo Alan, mi indecisión solo le iba a causar más daño.
Desanimada, seguí a la mesera hacia el salón reservado.
Carlos y mi papá ya habían llegado.
El lugar era elegante y discreto; solo estábamos los tres y todo estaba muy tranquilo. Apenas entré, Carlos me recibió emocionado y me llevó a sentarme.
—Auro