—Sí... —le dije, disfónica—, eres un tonto. Hasta usaste el divorcio para calarme y te aprovechaste de Camila para hacerme enojar. Mateo, eres el hombre más tonto que hay en este mundo.
No sabía por qué, pero en ese momento, cuando hablamos del pasado, sentí una tristeza muy profunda en el corazón. Esos recuerdos tenían amargura, claro, pero también algo de dulzura; aunque esa dulzura y esa tranquilidad, quizá, ya no iban a regresar jamás.
A veces quería ser alguien sin sentimientos; así no ten