—No hizo nada —me dijo Mateo. Me acarició la espalda suavemente; su voz se mantuvo siempre cariñosa y grave—. Nada más dijo que había subido a verme, no dijo nada más.
Hizo una pausa breve y su tono se puso un poco más serio mientras me recalcaba:
—Está bien, Aurora, no estés triste ni tengas miedo. Ya te lo dije: diga lo que diga, no le voy a creer. Yo nada más creo en lo que tú me digas.
Sentí un dolor feo en el pecho y, sin saber por qué, me refugié en sus brazos y me puse a llorar. Clarament