Eran tan chiquitos y, aun así, tan considerados... tanto que dolía. En cuanto Mateo se recuperara, de verdad iba a pasar mucho más tiempo con ellos. Cuando regresé a la villa Cardot, doña Godines me estaba esperando en la entrada principal. Apenas los dos niños se bajaron del auto, ella se acercó de inmediato, los agarró de la mano a cada uno y, con una sonrisa llena de cariño, dijo:
—Ya les dejé el agua lista para el baño. Suban para que se bañen y se acuesten rápido.
Al ver su cara tan bondado