En cuanto me vieron, los dos niños corrieron hacia mí tan rápido como podían.
Embi se aferró a mi ropa, con los ojitos rojos y los labios temblando.
—Es mami… de verdad es mami… —sollozaba—. Yo pensé que mami ya no nos quería.
Luki no lloró, pero agarró mi mano con fuerza.
Los aparté un poquito y me agaché frente a ellos.
—Volví —les sonreí—. Y no voy a irme nunca más.
Luki miró hacia abajo, molesto.
—Yo no quiero creer lo que dice mami —murmuró, ya al borde del llanto.
Claramente quería llorar,