—Sí —no tenía nada que esconder, así que miré a Javier y a su amigo médico y les dije con calma—: Tenemos cosas que hacer. Espero que nos dejen pasar.
Alan abrió la boca, listo para seguir presumiendo, pero lo jalé y nos fuimos. De verdad no quería pasar ni un segundo más cerca de Javier. Al mismo tiempo, el miedo me aceleraba el corazón; me aterraba que Alan lo provocara demasiado y que Javier terminara contando lo que pasó esa noche. Si él lo mencionaba delante de cualquiera, ¿qué iba a hacer