De repente, Javier habló, con su voz grave y amenazante.
Yo sonreí sarcásticamente.
Que él mismo dejara que me fuera… era increíble.
Pero claro, él estaba convencido de que, con mi carácter, ya nunca podría estar con Mateo.
Creía que ya había logrado su objetivo: separarnos.
Y como ya había conseguido lo que quería, ya no le importaba a dónde fuera yo.
Eso no era amor.
Era celos.
Celos de Mateo.
Lo miré a los ojos.
—¿Tanto te gusta alejarme de Mateo? ¿Sin importar qué tengas que hacer?
La mirada