En cuanto su teléfono sonó, Bruno me miró enseguida.
Sonreí un poco, indiferente.
—¿Qué me miras? Si quieres contestar, contesta. Si te llama justo ahora, es muy probable que quiera citarte cara a cara.
Bruno fijó la mirada en el teléfono, que seguía vibrando sin parar. Su expresión cambiaba una y otra vez: dolor, conflicto, rabia y un rastro de miedo.
Lo observé con calma. Por dentro no sentí ninguna sorpresa, todo era demasiado obvio.
—Mejor no contestes —le advertí en voz baja—. Pero desde ah