Hablando de eso, Carlos y Bruno también eran hombres tercos con el amor; lástima que toda esa devoción la habían puesto en la persona equivocada, condenándose a una tragedia.
La voz del enojadísimo Carlos sonó tensa:
—¿Otra vez te amenazó? ¿Quiere que lo acompañes de nuevo? ¡Maldito! Camila, no tengas miedo. Si no puedes deshacerte de él, yo voy. Voy a contratar un grupo de guardaespaldas para matarlo ahora mismo.
Estaba loco, definitivamente fuera de sí.
Camila jamás se habría atrevido a dejar