Me quedé mirando esa sopa, sin tomarla.
Entonces la dejó frente a mí y dijo, con voz tranquila:
—Has bajado de peso. Le pedí a doña Godines que la preparara. Toma un poco.
Luego se levantó y cambió de asiento para alejarse un poco.
Bajé la mirada y, con un nudo en la garganta, me quedé viendo la sopa.
Ese Mateo, por fuera distante, como si nada le importara, y aun así notaba incluso que yo había adelgazado.
Respiré hondo para contenerme y tomé la sopa.
Pero apenas el olor me llegó, el estómago s