Era Luki.
Estaba abrazando sus propias rodillas, con lágrimas todavía en las mejillas y los ojos rojos. Ese cuerpecito, encogido en el escalón, se veía tan solo que dolía mirarlo. Apenas el auto se detuvo, el niño corrió hacia nosotros.
—¡Papi, papi! ¿Ya vino mami? —preguntó, con la voz temblorosa, tirando del brazo de Mateo, que acababa de bajar del auto. Su voz estaba llena de esperanza.
Sin embargo, hacía apenas unos días me había dicho con sus propios labios que ya no tenía mamá. Era igual