Javier me observaba fijamente.
Lo tomé de la mano y lo senté en el sofá, luego le separé los dedos y saqué los pedazos de la cruz.
Su mirada era muy compleja.
En la palma, efectivamente, tenía marcas que le dejaron los bordes de la cruz.
—Siéntate un momento, voy a traer el botiquín.
Justo cuando me levantaba, de repente, me atrajo hacia sí y me abrazó con fuerza.
Con voz firme me prometió:
—Aurora, esta es la última vez que te voy a dudar, te lo juro, nunca, nunca más voy a volver a dudar de ti