Esto no durará mucho.
Mateo, espérame.
Toc, toc, toc...
De repente, se oyeron unos golpes en la puerta, seguidos de la voz tranquila y firme de Javier.
—Aurora, ¿estás despierta? Ya es hora de cenar.
Rápidamente me limpié las lágrimas, respiré hondo para calmarme y respondí:
—Sí, pasa.
Javier abrió la puerta y, al verme, se puso un poco serio.
—¿Otra vez llorando? —preguntó mientras se acercaba y extendía la mano para secarme las lágrimas.
Me las limpié rápido yo misma.
Su mano quedó en el aire