Otra vez, una oscuridad infinita me envolvió.
En medio de esa negrura, se abría un camino frío y brillante.
Yo iba sola, con una lámpara de queroseno en la mano, avanzando sin rumbo por ese sendero que no terminaba.
El silencio era tan fuerte que solo se escuchaba el viento, soplando a veces cerca y a veces lejos.
Ese camino parecía no terminar.
No sabía cuánto tiempo llevaba caminando cuando, de repente, unas voces desesperadas empezaron a resonar a lo lejos.
—Aurora...
—Aurora...
Me detuve, as