—¡Imposible! —le dije a mi papá en voz baja, pero firme—Ni se te ocurra buscarlo. Si te queda algo de orgullo, vamos a resolver esto sin él.
Me miró de reojo, molesto, y dijo:
—Ya te pones así, no he dicho que lo iba a buscar.
—¡Pues es mejor! —le respondí, sin esconder mi enfado, y me giré hacia el hospital, sin notar la mirada rara que me lanzó.
Caminé cojeando hasta la entrada, pero no me animé a entrar.
Miguel había dicho que la abuela Bernard ya había salido del quirófano, pero no sabía cóm