Carlos se molestó y dijo, con urgencia:
—Me arrepiento de no haber ido contigo aquella vez… de no haber podido protegerte.
Aparté la mirada y me reí con sarcasmo.
Después de un largo silencio, me llevé una mano a la cara y limpié, poco a poco, las lágrimas que tenía en las mejillas.
Cuando me aseguré de que ya me controlaba, volteé hacia él de nuevo. Esta vez mostré una tristeza bien calculada en mi cara.
—Sí, tienes razón —dije, con voz temblorosa.
—Si ese año hubieras ido conmigo a casa de la