Javier sonrió y les revolvió el cabello a los niños antes de levantar la vista hacia Mateo y hacia mí.
Bajé la mirada y noté que a sus pies había varias colillas de cigarrillo. Su abrigo y su cabello estaban cubiertos de nieve.
Apreté los labios y le dije:
—Perdón, salimos a comprar unas cosas. ¿Por qué no me llamaste cuando llegaste?
—No pasa nada. No llevo mucho aquí. Además, aunque llegara más tarde, ¿qué más da? En casa no tenía nada que hacer y aquí al menos hay un poco de vida.
Sonrió, aun