En cuanto contesté la llamada, solté toda la rabia que traía:
—Waylon, ¿qué demonios quieres de mí?
Desde el auricular, su risa me erizó la piel.
—Vaya, sí que tienes paciencia. Por fin te dignas a responderme.
—Mi paciencia, sí, pero nada comparada con la tuya —respondí con sarcasmo.
—Te pasaste una semana entera mandando regalos y llamando diario. Vaya insistencia la tuya, señor Dupuis.
—No tengo remedio —respondió con tono burlón.
—La culpa es tuya, eres una mujer interesante. No he podido sa