—...Bueno.
Alan, Mateo y yo nos quedamos un buen rato hablándole. Poco a poco su cara dejó de verse tan abatida y el ánimo le subió.
Cuando salimos de la cárcel ya caía la tarde. Mateo me apretó la mano sin decir nada. Frente a Alan todo sonó como si fuera fácil, pero yo sabía que con Waylon en medio nada iba a ser sencillo. En su momento, Waylon casi le quita la vida a Mateo.
—¿Qué quieres comer? —me preguntó Mateo, con una sonrisa, mientras bajábamos por el pasillo.
Me sorprendió y contesté:
—