Me puse un poco tímida y bajé la mirada.
Los prejuicios que uno se hace son como una montaña. Aunque él es apasionado, no había llegado a tanto como para… en la oficina. En realidad, quizá yo fui la que pensó mal y lo juzgó injustamente.
Mateo me miró con ternura. Tenía la mirada limpia y clara. Me dio más vergüenza todavía: ¿cómo podía mi mente imaginar cosas inapropiadas?
Bajo su mirada dulce, le acerqué el tupper de comida.
—Ahí, te traje la cena, la hice yo. Cómela mientras esté caliente.
—E