Esperé más de diez minutos frente a la puerta hasta que, por fin, la manija del baño giró despacio.
En cuanto Mateo salió, me lancé hacia él, lo abracé por el cuello y sonreí:
—¡Amor, ya volviste!
Se quedó quieto, sorprendido, mirándome con los ojos muy abiertos.
—¿Qué pasa? —pregunté, inclinando la cabeza—. ¿Te asusté?
Mateo se rio y me abrazó por la cintura.
No sé por qué, pero últimamente su sonrisa me parecía cada vez más linda.
Cuando sonreía, sus ojos se llenaban de cariño y yo me derretía