Cuando terminé de decir eso, la mirada de Mateo dejó de ser de sorpresa. Sus ojos, de golpe, se encendieron; se volvieron intensos, con un dejo de extrañeza y una sonrisa pícara.
Sin saber por qué, esa mirada me puso un poco incómoda. Apoyé las manos en sus hombros para bajarme de encima. Pero él me sujetó la cintura de repente, con los ojos negros, intensos, clavados en mí.
No era que yo pensara mal; esa mirada traía deseo. Mi cara empezó a arder sin control.
Me di cuenta de que no podía mirarl