De repente, nuestras miradas se encontraron de lleno. El corazón me dio un brinco, casi se me sale del pecho.
Él me sonrió:
—¿Qué pasa?
Su sonrisa se veía tranquila, sin esa seriedad ni esa tristeza de antes.
Dije rápido:
—Nada, nada.
Después de decir eso, cerré la puerta rápido. Me apoyé ahí y miré al techo, preguntándome en silencio si Mateo, de verdad, había soltado ese peso que traía adentro.
Pero si todo se arreglaba con dormir una noche juntos, ¿por qué no lo hicimos antes? Si lo hubiera s