—¿Te sientes un poco mejor? —preguntó Mateo.
Con el pecho todavía adolorido, respondí en voz baja:
—¿No se supone que no querías hablar conmigo? Entonces, ¿para qué finges preocuparte ahora?
—Yo nunca te ignoré —dijo Mateo, con urgencia.
Al final, su voz se volvió más tranquila, cargada de una tristeza difícil de explicar:
—Solo que... como odias verme, no me atreví a aparecer delante de ti.
—¿Quién dijo que yo...? Cof, cof... —me alteré tanto que empecé a toser otra vez.
Mateo me sostuvo al ins