En realidad, Mateo seguía convencido de que yo, en el fondo, amaba a Javier, y que todo lo que hacía para retenerlo era solo por los niños. Por eso tenía que explicarle todo con claridad. Aunque no me creyera, debía demostrárselo con hechos.
Valerie me tomó del brazo, nerviosa:
—¿Qué hacemos? ¿Lo dejamos ir así nada más?
—Ese tipo es un terco. Espérenme —dijo Alan arremangándose—, voy a buscar a Mateo para darle un golpe y que despierte.
Corrí a detenerlo y le dije:
—Déjame a mí.
En ese momento