De repente, empecé a llorar.
El pecho me dolía tanto, como si alguien me estuviera pisando el corazón.
—¡Siempre te crees con derecho a decidir por los demás! —le dije, entre sollozos.
—Ya quieres dejarme. Quieres alejarte. ¿Y yo por qué me voy a preocupar por ti? ¡Qué risa! Te lo digo claro: ¡yo solo me preocupo por los niños, no por ti!
—Cof... cof... —escuché a Mateo tratar de contener su tos.
Su respiración sonaba agitada y nerviosa.
Apreté el celular sin darme cuenta. Después de un rato hab