Miré todo atentamente, sin creer ni por un segundo que Camila de verdad se atreviera a acabar con su vida.
Tal como imaginé, Carlos le sujetó la muñeca al instante.
Me reí con amargura por dentro. Claro, ella ya había calculado que, estando Carlos tan cerca, él la detendría. Todo fue una farsa.
Y lo más ridículo era que mi hermano, cegado por el amor, cayó por completo.
Furioso y desesperado, le arrebató el cuchillo de las manos y lo lanzó con fuerza al suelo, gritándole con enojo:
—¿Cómo puedes