Al ver que no me movía por un buen rato, Mateo sonrió y dijo:
—Ve a abrir la puerta, no hagas esperar a la gente del señor Felipe.
Al ver que ya lo tenía todo preparado, asentí y, ajustándome la bata, fui a abrir la puerta. Al abrirla, había dos hombres con aspecto de guardaespaldas de pie en la entrada. Primero me miraron a mí y luego echaron un vistazo al interior de la casa. El rubor en mi cara aún no se había disipado y, cuando me miraron, ambos mostraron cierta incomodidad.
Uno de ellos hab