En un segundo, el hombre pasó de pasivo a dominante, abrió mi bata y besó mi hombro… sus besos me desarmaron, entregada a su merced. Sin darme cuenta, la bata ya había caído hasta mi cintura. De pronto tomó mi mano, la llevó hasta su cinturón y, con voz ronca, susurró:
—Aurora, sé buena… ayúdame a quitármelo…
Yo estaba aturdida, sin capacidad de pensar ni sentir vergüenza, solo obedecía por instinto. Se escuchó un leve clic y el cinturón se soltó. Justo cuando la atmósfera alcanzaba su punto más