21. Amarga soledad

Recordó cómo, cuando eran niños, él la evitaba, incluso no la dejaba jugar con él y con Auritz; y ella, cuando creció, comenzó a burlarse de él, de sus libros, de su afición por la literatura, de su decisión de abrir una librería en lugar de dedicarse a la vida segura del rancho familiar. ―¡Un librero! ¿En serio, Jaxon? ―le había soltado una vez con escarnio.

Y él, en lugar de enfadarse, le había respondido con una simple encogida de hombros. ―Es lo que me hace feliz, Alba. Y eso, al final, es
Furukawa

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