Mientras ella le contaba pelo por pelo el sufrimiento de Mayuri, Nelson apretaba los puños con tanta rabia que se le marcaban las venas, a punto de reventar.
—¡Ah! Y casi se me olvida lo mejor: tus dos supuestos hijos... —Milena soltó una carcajada ruidosa que retumbó en las paredes de la sala—. ¡No llevan ni una gota de tu sangre! Yo misma me encargué de meterle mano a las pruebas de ADN.
Nelson cerró los ojos y respiró hondo, aguantándose las ganas de vomitar del puro asco.
—¿Para qué me viene