—¿La fiebre te dejó medio ida o qué? ¿Ya ni te acuerdas de quién soy?
Iván entró con su pijama de seda gris, a su paso de siempre: lento, despreocupado, como si el reloj con él caminara distinto.
De esa boca tan bonita casi nunca salía algo normal. Raina ya estaba vacunada contra sus ocurrencias.
—¿Tú me cambiaste la ropa? —preguntó, sin ponerse roja ni tantito.
—¿Y si no, a quién querías que llamara? —Iván miró de reojo la cajita de terciopelo en la mesita. Sabía que ya la había abierto.
Dejó e