Dicen que comer rico, tomarse algo y salir a despejarse le arregla el ánimo a cualquiera.
A Raina, en cambio, lo único que le quedó fue un cansancio pesado, de esos que se te metían hasta los huesos.
Volvió con Oliver y, apenas llegó a casa, se dejó caer en la cama. Pensó que sería una siesta corta, pero cuando abrió los ojos ya habían pasado casi cuatro horas. El celular sonó y la sacó de golpe del sueño. Era Oliver.
—¿Aló...? —la voz le salió baja y pastosa.
—¿Estabas dormida? —preguntó él al