A las dos mujeres se les fue el color de la cara al instante. Una de ellas incluso dio medio paso atrás, a punto de echar a correr.
—Ni se muevan —soltó Raina.
No le hizo falta gritar. Ese tono suyo, seco y cortante, fue suficiente para dejarlas clavadas en el sitio.
Una reaccionó enseguida, atropellándose con las palabras:
—Señora Herrera, de verdad... nosotras solo repetimos lo que se escucha por ahí...
—Sí, ni siquiera lo creíamos —añadió la otra, visiblemente nerviosa—. Usted es tan guapa y