Faltaban exactamente seis días para que Lucas regresara a Santo Domingo.
La casa había cambiado. Ya no había desayunos alegres en el jardín ni paseos a caballo. El ambiente se sentía pesado, como si todos supieran que el final se acercaba.
Isabel había empeorado mucho en las últimas cuarenta y ocho horas. Apenas podía hablar y pasaba la mayor parte del día dormida, conectada a una máquina de oxígeno. Lucas pasaba horas sentado junto a su cama, sosteniendo su mano en silencio.
Esa mañana, la anc