Annika salió de la clínica con la mente dispersa, el corazón encogido y una sensación de opresión que no se iba a ir de la noche a la mañana.
Se sentía mal, con cansancio en todo el cuerpo, un dolor intenso en el vientre bajo, similar a un cólico menstrual, pero algo más fuerte, y con tantas ganas de echarse a llorar, porque, de haber sabido que estaba embarazada, hubiera protegido a su bebé sin importar las consecuencias.
Nunca se imaginó que podría estar embarazada, que llevaba dentro suyo