El fin de toda historia
Nunca había imaginado que un día Abdul Salem llamase a un médico varón para revisar mis partes más íntimas y, mucho menos, que esa persona viviese en algún sitio de mi misma casa. Pronto comprendo, sin que nadie me lo explique con puntos y comas, que es el encargado de dar los primeros auxilios a las chicas escondidas en el sótano luego del contacto físico nada romántico de mi padre o alguno de sus socios. Tal vez, también, de los abortos clandestinos y la ligadura obligatoria de las Trompas de