—¡Valeria! —gritó Ji-hoon con el alma rota, lanzándose de rodillas a su lado sobre el frío cemento del estacionamiento subterráneo.
La tomó entre sus brazos de inmediato, levantando su torso con una delicadeza extrema mientras la pegaba contra su pecho. La piel de la joven estaba gélida y sus ojos verdes permanecían por completo cerrados. Con manos temblorosas por la adrenalina, él le apartó el cabello castaño del rostro y le colocó dos dedos en el cuello; el pulso era acelerado pero estable. V