Valeria aceptó el trato con una sonrisa cómplice. Establecieron que, sin importar la dureza de las jornadas laborales que les aguardaban, aprovecharían cada minuto libre para comunicarse y mantenerse unidos. Se despidieron con un beso tierno y prolongado en la intimidad del ascensor y, al alcanzar el estacionamiento subterráneo del rascacielos residencial, cada uno se dirigió a su propio vehículo. Durante el trayecto en auto, Gloria se mostraba sumamente entusiasmada por mostrarle a Valeria los