El alivio que inundó el rostro de Ji-hoon fue palpable; una marea de gratitud que transformó sus facciones tensas en algo luminoso, algo hambriento. En cuestión de segundos, esa gratitud mutó, evolucionó y se convirtió en una necesidad física que oscureció sus ojos almendrados con un deseo renovado y mucho más intenso.
Ji-hoon se movió con la gracia depredadora que Valeria ya reconocía. Acortó la distancia en el colchón hasta que sus rodillas rozaron las de ella. Tomó sus manos entre las suyas —largas, fuertes, capaces de tanta delicadeza como de tanta posesión— y tiró con una suavidad irresistible hasta que Valeria cedió, cayendo hacia adelante contra su pecho desnudo.
El contacto de piel contra piel, sumado al contraste entre la gravedad de la situación —las llamadas perdidas y el mundo exterior acechando— y la innegable atracción magnética que zumbaba entre sus cuerpos, creó una atmósfera asfixiante de sensualidad. La respiración de Valeria se entrecortó.
—Mi mánager está en camino —murmuró Ji-hoon contra su sien, aunque sus manos ya la estaban guiando hacia atrás, depositándola sobre las sábanas con una reverencia que contradecía la urgencia de sus movimientos—. Los chicos del grupo deben estar preocupados. El tiempo corre...
Su voz se desvaneció por completo cuando Valeria se arqueó debajo de él, ofreciéndole su cuello, ofreciéndole todo su ser. El peso del cuerpo del joven se cernió sobre ella; una jaula de calor y músculos que la atrapó con una posesión absoluta. Cuando los labios de Ji-hoon encontraron el lóbulo de su oreja, su aliento quemó una promesa que mezcló el coreano y el inglés en un susurro gutural:
—Por estar dentro de ti otra vez... vale la pena destruirlo todo, Valeria. Déjalos esperar.
Sus bocas se encontraron con una ferocidad que aniquiló cualquier resolución o advertencia del mundo exterior. Valeria se abrió para él con la misma entrega desesperada de la noche anterior. Sus piernas se enroscaron alrededor de su cintura y sus uñas marcaron territorio en la espalda del joven.
Ji-hoon la reclamó una vez más bajo la luz implacable de la mañana, haciéndola suya con embestidas profundas que arrancaron gemidos incontrolables de la ejecutiva. El teléfono móvil, olvidado en algún lugar de la habitación, vibraba insistentemente, mientras ellos creaban su propia realidad. Era un universo de placer absoluto de dos extraños que habían encontrado en la oscuridad algo que ningún contrato, ninguna fama y ninguna lógica corporativa podría destruir jamás.
El silencio posterior al éxtasis se fracturó con la brutalidad de un trueno. El timbre de la suite —ese sonido cristalino que antes había parecido inocuo— resonó con una insistencia violenta. Fue seguido de inmediato por golpes firmes y metálicos contra la madera de caoba:
toc, toc, toc.
El mánager de Ji-hoon había pedido revisar las cámaras de seguridad del hotel. Lo había visto entrar a esa suite la noche anterior y asumía que su artista estrella seguía allí adentro.
Una voz masculina, aguda por el estrés, atravesó la barrera de la puerta en una mezcla de coreano frenético e inglés forzado:
—¡Ji-hoon! ¡Ji-hoon-ah! ¡Abre la puerta! ¡Es el gerente Kim! ¡La seguridad del hotel está aquí!
El nombre cayó entre ellos como una sentencia de muerte. El cuerpo de Ji-hoon se petrificó instantáneamente. Cada músculo que segundos antes había estado relajado en la entrega amorosa ahora se tensó con la rigidez del acero. Su rostro, ese que millones adoraban en las pantallas, se descompuso en una máscara de pánico puro. Sabía que si la puerta se abría y lo descubrían desnudo en la suite de una empresaria extranjera, su carrera se evaporaría esa misma mañana. Peor aún, arrastraría a Valeria a un escándalo internacional que destruiría años de su reputación corporativa, convirtiéndola en carne de cañón para la prensa amarilla de tres continentes.
—¡Mierda! —susurró Ji-hoon con desesperación, saltando de la cama con un movimiento convulso. Recogió su ropa esparcida por el suelo con manos que temblaban por la adrenalina—. Valeria, yo... ¿Qué hacemos?
—¡Vístete! ¡Ahora mismo! —cortó ella.
Su voz cambió mágicamente, metamorfoseándose de amante a comandante en un microsegundo. La mente fría de CEO —esa que había negociado fusiones millonarias bajo una presión extrema— tomó el control absoluto de su sistema nervioso.
Valeria se levantó con una fluidez que contradecía la urgencia de la situación. Agarró una bata de seda color champán que colgaba del respaldo de una silla y se envolvió con gestos rápidos pero precisos. Al mismo tiempo, se desordenó el cabello intencionalmente, creando la perfecta ilusión de alguien que acababa de ser arrancada de un sueño profundo.
Con un empujón firme, Valeria señaló el lujoso vestidor adjunto a la suite; un espacio amplio con espejos de cuerpo entero y percheros de caoba.
—Escóndete ahí —le ordenó en un susurro imperativo—. En cuanto escuches que cierro la puerta del vestidor, envíale un mensaje de texto a tu mánager. Dile que ya vas en camino a tu habitación, que te quedaste dormido en otra parte. ¡Muévete!
Ji-hoon obedeció de inmediato. Arrastró sus pertenencias con rapidez: su camisa todavía desabotonada y sus zapatos en una mano. Desapareció detrás de la puerta corrediza justo cuando los golpes en la entrada de la suite se intensificaron.
Valeria respiró una vez, de forma profunda, sintiendo el corazón martillar con fuerza contra sus costillas. Luego, caminó hacia la entrada principal con pasos deliberados. Cada pisada suya proyectaba una autoridad absoluta.
Abrió la puerta solo una rendija. Su imponente presencia —un metro con sesenta y ocho centímetros de pura determinación latina— bloqueó efectivamente cualquier visión hacia el interior de la habitación.
Afuera, un hombre de mediana edad con un traje gris ajustado y ojeras profundas se inclinaba en una reverencia nerviosa. Lo acompañaba un gigante de traje negro, un miembro de seguridad que escaneaba el pasillo con mirada de halcón. El gerente —el señor Kim, presumiblemente— levantó la vista y se topó directamente con los ojos verdes de Valeria. Era una mirada severa, helada y de negocios puros que hizo que el hombre retrocediera instintivamente medio paso.
—Disculpe, señorita... señora... —tartamudeó el mánager en un inglés fuertemente acentuado, mientras sus ojos intentaban escabullirse por encima del hombro de ella—. Estamos buscando a... un joven. Su nombre es Ji-hoon. Es un joven alto. Quizás... ¿usted lo ha visto por aquí?
Valeria mantuvo la mirada fija e imperturbable. Permitió que el silencio se extendiera una fracción de segundo más de lo cómodo, consciente de que si ellos estaban allí era porque las cámaras ya la habían delatado.
Mientras tanto, oculta en la penumbra del vestidor, Ji-hoon escuchaba conteniendo la respiración. Su cuerpo estaba presionado contra la madera fría, sabiendo que su destino —y el de ella— pendía de un hilo tan delgado como la seda de las sábanas que aún olían a ambos.
Finalmente, Valeria alzó una ceja con la precisión de un cuchillo quirúrgico. Su voz salió baja, peligrosa e irrevocable:
—Señor Kim, ¿sabe usted quién soy yo? Estoy aquí en Seúl en representación de Vega International para cerrar una operación financiera de cuatrocientos millones de dólares. Y le aseguro algo: si no retira a su gorila de mi puerta en los próximos diez segundos, la única persona que va a desaparecer de la industria en Corea del Sur será usted.