—¡Valeria! ¡Mírame, bonita, mírame! —le susurró Ji-hoon con la voz rota por el pánico, apartando con dedos trémulos los mechones sueltos de su cabello para buscar desesperadamente esos ojos verdes que tanto amaba—. Ya estoy aquí. Tu rescatista está aquí. Respira, mi amor... No hay periodistas, no hay cámaras, no hay oscuridad. Estás a salvo en mis brazos.
Al ver el colapso en el suelo del pasillo, Georgina llegó corriendo, con el rostro desencajado por la desesperación. Con voz firme pero carga