El despliegue de opulencia en el salón de eventos de Seúl era impecable, pero para Valeria, cada luz brillante parecía un recordatorio de la fragilidad de su propia existencia. Al descender de la furgoneta de cristales tintados, el frío de la noche coreana la recibió como un preludio silencioso. Georgina y Susana bajaron primero, irradiando la imponente elegancia de las mujeres de la familia Vega, seguidas por Martín. Valeria cerró la comitiva, sintiendo el peso de las miradas ajenas antes de c