El amanecer se filtró por los colosales ventanales de la suite residencial de Seúl, tiñendo el dormitorio de un oro pálido y frío. Ji-hoon abrió los ojos lentamente, emergiendo de una densa bruma de fatiga mental.
El silencio de la mañana, que antes solía ser un refugio, ahora se sentía como un recordatorio constante de su propia vulnerabilidad. Sin embargo, al desviar la mirada, el anclaje de su realidad se materializó de inmediato: Valeria dormía de espaldas a él, con la respiración pausada