El silencio que envolvía la oficina de la fiscalía central de Seúl era de una naturaleza muy distinta al de la clínica universitaria. Aquí no había monitores cardíacos dictando la tregua, sino el chasquido seco de las carpetas de cuero y el murmullo de los teclados. Valeria permanecía sentada frente al escritorio del fiscal jefe, con las piernas cruzadas y la espalda recta, un pilar de elegancia esmeralda en medio de la sobriedad del despacho judicial. A su lado, Gloria y el mánager Kim complet