El salón resplandecía dorado.
Risas, tintineo de copas, el aroma de flores y dulces: todo se fundía en un bullicio que debería haberme reconfortado. Pero solo sentía cansancio. Me quedé junto a Filipe, sonriendo a los invitados, aceptando los saludos e inclinando la cabeza en señal de respeto, como corresponde a una nuera educada.
Ya me dolían las mejillas por la forzada cortesía.
"Sonríe", susurró Ana en voz baja al pasar. "Todos me miran".
Asentí.
Todos me miraban de verdad. Evaluando. Compar