—¡Filipe!
La voz atravesó el espacio como un disparo.
Ruidosa. Exigente.
Todos se quedaron quietos.
Filipe se quedó petrificado.
Su espalda se tensó, su respiración se detuvo y su mirada se dirigió bruscamente hacia la puerta. Por un instante, su rostro perdió toda su ira. Toda su indignación. Todas las palabras que acababa de lanzar con tanta furia al espacio.
Solo quedó una cosa. Una auténtica conmoción. De esas que no se pueden fingir. De esas que no se pueden ocultar.
Conocía esa voz. La co