Filipe y yo nos subimos al coche.
El viaje fue silencioso. Solo el ruido sordo del motor llenaba el espacio entre nosotros. Miré por la ventana, observando cómo las luces de la ciudad se difuminaban en largas franjas. Los dedos de Filipe golpeaban rítmicamente el volante.
Finalmente, rompió el silencio.
—Perdona... por cómo se comportó.
Una breve pausa.
— Ella... ella es muy sensible.
Apenas asentí con la cabeza. Mi rostro permaneció impasible.
¿Y yo? ¿Yo no soy sensible? —El pensamiento me opr