Filipe ya había bajado. El traje oscuro le quedaba impecable, como una armadura. Su expresión era fría y distante. Tomó asiento a la mesa y se sumergió en su teléfono, desplazándose por el feed como si nada a su alrededor tuviera importancia.
Cuando entré en la habitación, Ana me sonrió amablemente.
—Luisa, querida —dijo con calidez—, hoy es la primera vez que cocinas para la familia como ama de esta casa. Tenemos una pequeña tradición: después de la boda, la nuera prepara algo por su cuenta, u