Finalmente, todos llegaron a Mallorca.
El aire de la montaña era penetrantemente fresco, impregnado del aroma a agujas de pino y del suave susurro del viento que se perdía entre las cumbres. Había algo reconfortante en aquel frío, como si el propio paisaje invitara a olvidar lo superfluo.
Todos en el hotel se dirigieron a sus habitaciones.
Philippe abrió su maleta, ordenando sus cosas con ostentosa concentración. Louise se quedó de pie frente al espejo, aplicándose crema lentamente, absorta en