—¡Slap!
Un golpe seco y claro cayó directo en la mejilla de la sirvienta.
Lidia se llevó la mano a la cara, con el ceño fruncido y el rostro molesto.
Sofía la miró con frialdad y dijo:
—¿Tú eres Lidia, verdad? Si me llamas Señorita Sofía, deberías saber cuál es mi lugar. ¿Quién te dio permiso para decirme por mi nombre?
—¡Tú!—
Lidia llevaba mucho tiempo en la casa de los Rivera y, además, era bonita, nunca había respetado a Sofía.
Sofía recordaba bien que en su vida pasada Lidia le había dado ma